Herodoto, el "Padre de la Historia"

lunes, 9 de mayo de 2011

LAS MIGRACIONES GERMÁNICAS (INVASIONES BÁRBARAS)

LAS INVASIONES BÁRBARAS


I.- Generalidades.- El periodo comprendido entre los siglos V y VIII d.C. se caracterizó, en el ámbito político y religioso, por la disolución del Imperio Romano y la creación de los reinos germánicos, la expansión de los pueblos eslavos por la Europa central y oriental y la tentativa del emperador bizantino Justiniano de reconstruir la unidad romana e impulsar el cristianismo. La desaparición del Imperio Romano de Occidente y el asentamiento de los pueblos germánicos en los territorios de Roma fue resultado de un proceso que dio comienzo en el siglo III y culminó en el siglo V d.C., con la penetración en la península Ibérica de suevos, alanos, vándalos y visigodos. Éstos últimos se introdujeron también en la Galia, así como los vándalos en África. En Inglaterra se establecieron los anglos, los jutos y los sajones; en Francia los burgundios y los francos, y en Italia los ostrogodos. Una vez asentados en los dominios imperiales, cada uno de estos pueblos intentó crear su propia organización y delimitar su zona de influencia, en pugna constante con sus vecinos, por medio de las numerosas y sangrientas guerras que se libraron en este prolongado período. Mientras los pueblos germanos se debatían en su intento de dar una nueva configuración a Europa, el Imperio Bizantino llevó a cabo una política tendente a reunir bajo sus dominios las tierras que habían estado sometidas a Roma. El éxito pareció acompañar sus primeras tentativas, pero la hegemonía bizantina fue precaria y de escasa duración tanto en África como en España, y en Italia se vio atenuada por la aparición de un nuevo pueblo, el lombardo, que hizo frente con éxito a los generales bizantinos.


 
II.- Los pueblos germánicos.- Los germanos habitaban las regiones del norte y del centro de Europa. Originariamente eran pueblos de pastores nómadas, pero el crecimiento del imperio romano, con sus fronteras, les obligó a convertirse en sedentarios. Asentados en tierra pobres, los pueblos germánicos se dedicaron a la agricultura, fundamentalmente de cereales, y al pastoreo.
En tiempos del Imperio mantuvieron un activo comercio con Roma, a la que vendían ámbar, especias (clavo) y pieles a cambio de objetos manufacturados, sobre todo metalúrgicos.
La familia y las relaciones de parentesco fueron la base de su organización social. La sippe (tribu) era la unión de todas las familias pertenecientes al mismo linaje; la centena era la unidad de la organización militar. El órgano supremo de gobierno era la asamblea de los guerreros, que sancionaban las propuestas del rey. La monarquía era electiva, lo que fue causa de frecuentes luchas y de inestabilidad política.
La religión germana era politeísta y sus dioses estaban relacionados con los fenómenos de la naturaleza. El más importante fue Wotan (Odín), el dios de las tempestades y también de la guerra. Para los germanos la muerte era sólo un tránsito hacia una vida mejor en el Walhalla, el paraíso de Odín, donde las Walquirias conducían a los guerreros muertos en la lucha.
El cristianismo se difundió muy pronto entre los germanos, predicado por misioneros romanos; en un primer momento adoptaron la herejía del arrianismo, para convertirse más tarde al catolicismo.

III.- Causas de las Invasiones Bárbaras.- Entre las múltiples causas que promovieron las invasiones bárbaras podemos mencionar los cambios climáticos que, al endurecer el hábitat obligaron a emigrar a todos estos pueblos extranjeros; el hambre de tierras más fértiles, más productivas y más fáciles de trabajar; el crecimiento demográfico, que impulsó al excedente de población a buscar nuevas zonas de asentamiento; el espíritu aventurero (costumbre germana en la cual cada generación tenía que buscarse su propio medio de vida, su territorio y su futuro); el afán de botín, ya que, a través de las relaciones fronterizas y en el transcurso de las invasiones del siglo III d.C., los germanos habían conocido las riquezas del Imperio Romano, despertándose entre ellos el deseo de apropiárselas; la presión de los pueblos nómadas de las estepas asiáticas (Hunos), que empujaron a los bárbaros europeos y les obligaron a penetrar en el Imperio Romano.

IV.- El inicio de las invasiones violentas.- Los germanos habían empezado a instalarse dentro de las fronteras del Imperio Romano ya en el siglo I a.C. A partir del siglo III d.C., coincidiendo con la crisis del Imperio, estas incursiones y asentamientos se hicieron cada vez más frecuentes. En ocasiones Roma los rechazaba por la fuerza (campañas de Mario y César contra los teutones y los suevos); otras veces les permitía instalarse en las regiones fronterizas como “foederati” (federados), es decir, pueblos que han firmado un pacto de convivencia con Roma. Numerosos germanos entraron a formar parte del ejército romano e incluso ocuparon altos cargos en él. De este modo, se logró una germanización progresiva de los romanos y una romanización de los germanos, que hizo más fácil su posterior fusión en los reinos germánicos. En el año 378 d.C. un ejército formado por godos, hunos y alanos, derrotó al emperador Valente en Adrianópolis. En el año 410 d.C., los visigodos al mando de Alarico, saquearon Roma, se asentaron al sur de la Galia como “foederati” y seguidamente pasaron a Hispania. En el año 476 d.C. se produjo el acontecimiento decisivo: el rey de los Hérulos Odoacro, destronó al último emperador de occidente, Rómulo Augústulo. Así, despareció el Imperio Romano de Occidente. Pero antes de que esto sucediera los pueblos bárbaros ya estaban instalados en las provincias del Imperio: los visigodos en el sur de la Galia y en Hispania; los francos en la Galia central; los ostrogodos en Italia; los anglos y los sajones en Britania; los burgundios en el valle del Ródano; los suevos en Galicia; los vándalos en el norte de África.
Cuando cayó el Imperio Romano de Occidente los pueblos invasores dieron lugar a los reinos germánicos.

V.- Los Reinos Germánicos.- La mayoría de los reinos germánicos tuvieron una vida muy breve. Sólo el reino de los francos, en la Galia, y el reino de los visigodos, en Hispania, alcanzaron estabilidad.

V.1.- El reino ostrogodo de Italia (493 – 553 d.C.).- Teodorico invadió Roma el año 493 d.C. y creó el reino ostrogodo, que se mantuvo hasta el año 553 d.C. en que fue absorbido por el Imperio Bizantino.
Teodorico (493-525 d.C.) conservó las instituciones romanas, se rodeó de consejeros romanos, aunque desprovistos de poder político, restauró muchos de los monumentos romanos y edificó otros nuevos inspirados en los modelos clásicos. Entre sus consejeros destacó Boecio, el gran difusor del pensamiento clásico romano. Al mismo tiempo mantuvo buenas relaciones con el resto de los pueblos germánicos, aunque no pudo evitar un intento de invasión de Italia por parte de Clodoveo, rey de los francos.
Los ostrogodos profesaban el arrianismo, lo que fue motivo de conflictos internos con la población romana, en su mayoría católica, y creó dificultades en las relaciones con Bizancio. El emperador bizantino Justiniano aprovechó los conflictos internos para atacar a Italia. Así comenzó la última etapa del reino ostrogodo, conquistado por el general Narsés en el año 553 d.C.

V.2.- El reino franco de la Galia.- Los francos se habían instalado en la provincia romana de la Galia en el siglo III d.C. Durante el reinado de Genobando, los francos se convirtieron en “foederati”, reconociendo la soberanía de Roma y contribuyendo con soldados y colonos al Imperio.
En la época de las grandes invasiones los francos estaban ya fuertemente instalados en la Galia central y comenzaron su expansión hacia el sur.
Clodoveo I (481-511 d.C.) fue el primer rey de un reino franco independiente, y el creador de la dinastía merovingia. Se convirtió al cristianismo en el año 496 d.C. y la Iglesia fue la gran aliada de la monarquía franca, de la que recibió numerosas donaciones. Aliado con los burgundios, Clodoveo derrotó al visigodo Alarico II en la batalla de Vouillé (507 d.C.), lo que le permitió extenderse por las tierras del sur. Al morir Clodoveo, los francos dominaban toda la Galia, excepto la región ocupada por los burgundios, al oeste, y la Narbonense y la Provenza, al sur, que siguieron en poder de los visigodos.
Clotario I (558-561 d.C.) logró unificar el reino de los francos e instaló la capital en París (558 d.C.). Así consiguió el imperio territorial más importante de occidente. Durante los siglos VII y VIII, el reino franco fue perdiendo poder; la autoridad política estuvo en manos de los mayordomos de palacio, durante la etapa conocida como reinado de los “Reyes Holgazanes”.
Uno de estos mayordomos, Carlos Martel, venció a los árabes en la batalla de Poitiers (732 d.C.), impidiendo así la penetración de los musulmanes en la Galia. El último de los reyes holgazanes, Childerico III (743-751 d.C.) fue depuesto por Pipino “El Breve” (751-768 d.C.), con el que terminó la dinastía merovingia y comenzó la carolingia. Los  francos no prohibieron nunca los matrimonios entre conquistadores y conquistados, lo que hizo que pronto fueran asimilados por la población galorromana, mucha más numerosa. En el reino de los francos se mantuvieron las mismas estructuras sociales que en la época del Bajo Imperio; se mantuvo la esclavitud, con carácter hereditario, y se manifestó la institución del “comitatus”, muy similar a la “clientela” romana; los nobles formaban parte del séquito real, vivían en palacio, debían fidelidad al rey y a cambio eran compensados con tierras, sobre las que tenían plenos poderes.

V.3.- El reino anglosajón de Britania.- Entre los siglos VI y IX los anglosajones mantuvieron siete reinos en Inglaterra: Kent, Sussex, Wessex, East-Anglia, Essex, Northumbria y Mercia. Las luchas entre los reinos fueron frecuentes y sus fronteras se modificaron continuamente. En el siglo IX, el reino de Wessex adquirió la supremacía. Su rey, Egberto (802-839 d.C.), unificó el país y luchó contra los escandinavos que pretendían invadirlo.

V.4.- El reino visigodo de la península ibérica.- En el año 418 d.C. los visigodos, establecidos en el sur de la Galia, formaron el reino federado de Tolosa. Su rey, Teodorico II entró en la península ibérica en el año 456 d.C., llamado por los romanos, para luchar contra los suevos. Años más tarde, los visigodos de Tolosa fueron derrotados por los francos en la batalla de Vouillé (507 d.C.). Tras la derrota, que supuso el fin del reino de Tolosa, los visigodos se asentaron en Hispania y crearon un nuevo reino, con capital en Toledo. Los visigodos nunca llegaron a dominar por completo la península, limitándose a ocupar las regiones orientales de la meseta. Su número era muy reducido (unos 200 mil) frente a los casi ocho millones de hispanorromanos. Los visigodos tuvieron que enfrentarse no sólo a los suevos en Galicia, sino también a los bizantinos, que habían ocupado tierras en el sudeste peninsular. El verdadero creador del reino de Toledo fue Leovigildo (572-586 d.C.), que llevó a cabo una política de unificación territorial y política. Venció a los suevos (585 d.C.) y se anexionó su territorio; reconquistó a los bizantinos las ciudades de Córdoba, Sidonia y Málaga y sometió a los vascones. Derogó la ley que prohibía los matrimonios entre visigodos e hispanorromanos e intentó la unificación religiosa, imponiendo el arrianismo como religión dominante. Ésta última medida no tuvo éxito: su hijo Hermenegildo, convertido al catolicismo, se rebeló, dando lugar a una lucha civil. Su segundo hijo y sucesor, Recaredo (586-601 d.C.) logró la unidad religiosa, declarando el catolicismo religión oficial del reino en el III Concilio de Toledo (589 d.C.), Leovigildo intentó, sin lograrlo, la unificación jurídica del reino, en el que regían dos códigos: el Código de Eurico para los visigodos y el Código de Alarico II para los hispanorromanos. Recesvinto (653-672 d.C.) logró la unidad jurídica con un nuevo código, el Liber Iudiciorum o Fuero Juzgo, que se mantuvo vigente en Castilla y León hasta el siglo XIV. Wamba (672-680 d.C.), sucesor de Recesvinto, tuvo que enfrentarse con dureza a sublevaciones en la Tarraconense y a una revuelta de los vascones. Antes de que pudiera terminar su mandato fue depuesto y a partir de ese momento las intrigas y luchas civiles por ocupar el trono condujeron al final del reino visigodo.
El hijo de Witiza, Akila, no aceptó que Rodrigo sucediera a su padre en el trono y pidió ayuda a Muza, gobernador árabe del norte de África. Los ejércitos musulmanes, mandados por Tárik, vencieron a las tropas de Don Rodrigo en la batalla de Guadalete (711 d.C.), junto al río Barbate, en Cádiz. La victoria árabe supuso el fin del reino visigodo de Toledo.

VI.- Consecuencias de las invasiones germánicas.- Si las invasiones bárbaras hubieran tenido lugar en el siglo I d.C. las consecuencias habrían sido muy distintas de las que se produjeron en los siglos  V y VI. Un choque entre los germanos descritos por Tácito y los romanos de los tiempos de Augusto hubiera tenido como resultado probable el exterminio de una de las dos civilizaciones y la muerte o la esclavitud para sus habitantes. Sin embargo, en el siglo V ni los romanos mantenían las mismas estructuras del siglo I ni los germanos eran los bárbaros salvajes y desconocidos a los que se habían enfrentado a Varo o Germánico, sino que, a estas alturas, habían recibido en mayor o menor grado el influjo de la romanidad. Por consiguiente, cuando ambas civilizaciones entraron en estrecho contacto abundaron mucho más los fenómenos de transformación y de evolución que los de destrucción. Se dio una síntesis en la que estaban recogidos caracteres propios de ambas culturas, que iba a ser la base de una civilización nueva, con su sello personal, la civilización medieval occidental. Por supuesto, no en todos sitios el grado de fusión fue idéntico, sino que en aquellos lugares donde germanos y romanos convivieron más tiempo esta síntesis fue más profunda  (Galia o Hispania), mientras que en otras zonas, como Italia o el norte de África, el escaso tiempo de convivencia o la llegada de nuevos invasores (lombardos, bizantinos, musulmanes) impidió la maduración de esta nueva civilización o la retrasó considerablemente.
En esta síntesis, Roma aportó elementos tales como la idea imperial, el aparato administrativo en sus diversos niveles, la organización económica y social propia del Bajo Imperio, la cultura clásica y el latín (aunque bastante degradados), mientras que los pueblos bárbaros suministraron ideas y realidades como la realeza, el concepto patrimonial del Estado, la personalidad de las leyes, la preponderancia militar de la caballería, el desarrollo de los vínculos de dependencia personal y algunas aportaciones en el campo de la lingüística (antroponimia y toponimia) y de la literatura (gusto por la epopeya).
La fusión entre las dos culturas no se realizó inmediatamente, sino que, en los primeros tiempos, romanos y germanos vivieron de espaldas, ignorándose mutuamente y sin mezclarse, pues los elementos que marcaban las diferencias eran muchos (aislamiento de los germanos, conscientes de su inferioridad numérica y del peligro que corrían de desaparecer como pueblos y como civilización diluidos entre los romanos, mucho más numerosos y cultos que ellos; diferentes religiones; dualidad de leyes, que se traducía en la superioridad jurídica del elemento germano sobre el romano; diferentes modos de vida). El transcurso del tiempo se encargó de operar los cambios necesarios para que estos elementos hostiles fueran limándose y desaparecieran: la conversión de los bárbaros al catolicismo, la adopción del latín como lengua ordinaria (aunque mezclada con germanismos), la aparición de los primeros códigos de aplicación común para romanos y germanos, la paulatina aproximación de las formas de vida, la convivencia común en la corte entre aristocracia romana y nobleza bárbara, el reclutamiento militar de la población sin distinción de razas, fueron otras tantas razones que contribuyeron a la fusión.

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